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Dios creando el universo Ilustración de una biblia moralizada, s. XIII Codex Vindobonenesis, 2554 Dominio público: Wikimedia Commons |
IMAGO MUNDI
A partir del
siglo XI, el desarrollo de las universidades
en diversas ciudades europeas
significó el intercambio de conocimientos entre profesores de las distintas instituciones, la investigación y la difusión de las ciencias clásicas.
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En la universidad Iluminación de Laurentius de Voltolina Liber
ethicorum des Henricus de Alemannia, s. XIV Dominio público: Wikimedia Commons |
De
esta manera, los argumentos acerca de la esfericidad de la Tierra pasaron a miles
de estudiantes y la amplia inclusión de obras sobre filosofía natural hizo que
entre los años 1200 y 1500 se tuviera acceso, como nunca antes se había tenido
en la cristiandad, a materiales científicos.
Bolonia, Oxford, París y Salamanca
se convirtieron en las principales receptoras de cultura europeas, y fruto del
intercambio de textos, de las clases otorgadas por algunos profesores que viajaban a diferentes universidades y del debate intelectual, se inició un importante cambio epistemológico.
El interés
de los pensadores cristianos medievales por el mundo natural dio como resultado
importantes contribuciones en los campos de la física, química, geografía, óptica, mecánica, geometría, álgebra y cosmografía.
Si bien la teología se
consideraba fundamental no confería certezas, por lo que se produjo una
renovación del pensamiento y la práctica epistemológica, sometiendo el corpus aristotelicum a la crítica y a nuevos
métodos de estudio. Ahora
se buscaba la verificación
matemática de los fenómenos de la naturaleza.
En este contexto
destacó el franciscano inglés Robert
Grosseteste (ca. 1175-1253) que, además de traducir y comentar obras de
Aristóteles, aplicó las matemáticas a las ciencias físicas y produjo
importantes trabajos de teología, física, astronomía y óptica.
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Escultura de Roger Bacon Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford Imagen bajo licencia: CC BY-SA 3.0 |
Su discípulo, Roger Bacon (1214-1292), siguiendo su
estela, subrayó la importancia del método experimental y escribió una gran obra
titulada Opus Maius.
Además de sostener la teoría de la esfericidad de la Tierra y
que el recorrido que hacía el Sol por la línea de la eclíptica ocasionaba los
diferentes climas del planeta, afirmó que el hemisferio sur del planeta estaba
habitado, al igual que hizo su coetáneo Alberto
Magno (ca. 1200-1280) en su De natura
locorum.
También Tomás de Aquino (1225-1274) en su Summa Theologica declaraba la
esfericidad terrestre, pero además, para Santo Tomás, un mismo elemento de
estudio podía ser abordado desde diferentes ámbitos, por lo que la redondez de
la Tierra podía ser demostrada tanto desde resultados matemáticos como físicos.
Al fin y al cabo las diferentes ciencias requerían diferentes métodos de
actuación y todas eran válidas para la demostración de la verdad sobre una
misma cuestión.
En las
universidades se estudiaban, sobre todo, las obras de Aristóteles y Ptolomeo, que servían a otros eruditos para escribir tratados
astronómicos, entre los que destacó por su enorme influencia el del monje
británico Johannes de Sacrobosco
(1195-1256), profesor en la Universidad de París.
Su obra, De Sphaera Mundi, escrita en la primera mitad del siglo
XIII, se convirtió en un libro de texto indispensable en la enseñanza y se consideró de lectura obligatoria para alcanzar el título de bachiller en muchas universidades europeas.
Sacrobosco conjugó las ideas esenciales de la cosmología
aristotélica y de la astronomía matemática ptolemaica, elaborando un verdadero manual
introductorio a la astronomía. A partir de la segunda mitad del siglo XV, con la invención de la imprenta, aumentó su difusión y se siguió utilizando como manual básico hasta finales del siglo XVII.
También en la
Universidad de París destacó Jean
Buridan (ca. 1293-1358), que revolucionó la física medieval y posibilitó
futuros descubrimientos con su teoría del
ímpetus. En cuanto a la
esfera terrestre, sostuvo que una parte de ésta estaba cubierta por agua y, por tanto, era densa y pesada, mientras que la
parte que sobresalía del agua, alterada por el aire y el calor del sol, era más
ligera.
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Nicolás Oresme en su escritorio al lado de una esfera armilar Traité
de la sphère; Aristote, De caelo et de mundo Ilustración, ca. 1410
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Uno de sus discípulos,
Nicolás Oresme (ca. 1323-1382), planteó
en su Livre du ciel et du monde que la Tierra giraba sobre sí
misma y no el cielo (haciendo de ello el aparente movimiento de los astros).
Oresme ha sido reconocido como uno de los grandes personajes de la ciencia debido a
sus contribuciones al estudio del movimiento
de la Tierra y de los fenómenos celestes, equiparándolo a Nicolás Copérnico, así como precursor de Descartes por su método geométrico y sus estudios sobre el movimiento y la velocidad de los objetos.
Pero no sólo los polímatas
eclesiásticos escribieron acerca del tema. La idea de la redondez de la Tierra
estaba presente en libros como la Divina
Comedia de Dante (1265-1321), donde describe en varias ocasiones el mundo
como una esfera, o el Libro de las
maravillas del mundo o Viajes a Tierra Santa y al Paraíso Terrenal (ca.1370),
que fue uno de los libros más leídos en Europa entre los siglos XIV y XVI.
En definitiva, el
planeta era un globo y así se plasmó también en la representación del poder
temporal y del poder divino: el orbe
era el símbolo por excelencia de la soberanía
de la realeza y de Cristo.
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Otón II con orbe y cetro Miniatura en el Registrum Gregorii, s. X |
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Cristo con orbe Antonello da Messina, 1477 Panel del políptico en: Santuario dell’Annunziata, Ficarra, Sicilia (Italia) Dominio público: Wikimedia Commons |
En el siglo XV continuaron
los trabajos que describían el mundo esférico y se añadían aquellos que mostraban
los conocimientos geográficos de la época: la Tabla Oceánica de Toscanelli (1474), Historia rerum ubique gestarum (publicada en 1477) del Papa Pío II, o Imago Mundi (impresa
por primera vez en 1483) del eclesiástico Pierre
d’Ailly. Estas obras se harían muy populares y llegarían a varios exploradores
y navegantes, entre ellos, a Cristóbal
Colón.
EL MITO
Ya hemos visto que en el Medievo sabían perfectamente que la Tierra era un globo. Entonces, ¿cómo se creó el bulo de que en aquella época pensaban que era plana?
El
origen de esta falacia se halla en el siglo XIX, cuando los intelectuales se
creían en una superioridad histórico-cultural en el contexto de las corrientes positivistas y evolucionistas inscritas en una sociedad industrializada, es decir, con un importante empuje tecnológico. Así, en ese clima filosófico y social, surgieron las publicaciones
apologéticas del progreso para exponer
que una civilización moderna debía basarse en la racionalidad y la ciencia, y
que sólo las propuestas científicas hacían posible el avance de una sociedad, algo
que contrastaba claramente con la época medieval.
Fue entonces cuando surgió la teoría del conflicto histórico entre ciencia y religión, atribuyendo a la Iglesia católica la
promulgación de la noción de la planitud de la Tierra. En definitiva, se popularizó
la idea de que la Iglesia había obstaculizado siempre el desarrollo científico y que durante el Renacimiento y la “revolución
científica” se pudo pasar del oscurantismo medieval a una cultura moderna. Otros historiadores destacaron que el paso a la modernidad se dio gracias a las gestas de los
navegantes que demostraron la
redondez de la Tierra y la literatura contribuyó a la expansión del mito.
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Washington Irving Fotografía de Mathew B. Brady, 1861 |
En 1828 se publicó la biografía novelada de Colón que el escritor Washington Irving (1783-1859) tituló Life and Voyages of Christopher Colombus. En ella retrata una sociedad en la que predomina el celo religioso frente a la ciencia, como muestra con la escena en la que el proyecto de Colón es rebatido por algunos de los prelados del Consejo de Salamanca con citas de San Agustín, Lactancio y pasajes de la Biblia.
Según
el historiador Jeffrey Burton Russell, el éxito
de esta obra hizo que se difundiera el mito de la creencia medieval en la
Tierra plana, cuyo origen se ha situado, además, en el marco de la hostilidad
de los protestantes hacia los católicos y las ideas modernistas que emigrantes católicos europeos, ya durante el siglo XIX, llevarían a América, frente a las
doctrinas protestantes fundamentalistas.
Sin
duda, en el siglo XIX el anticlericalismo
se instaló fuertemente al ver a la Iglesia y la religión como los grandes
enemigos del progreso, y eruditos que gozaban de gran prestigio como William Whewell (1794-1866), John William Draper (1811-1882) o Andrew Dickson White (1832-1918), entre muchos otros,
expandieron definitivamente el mito.
Whewell, reverendo anglicano, fue filósofo,
científico e historiador de la ciencia que utilizó los argumentos de Lactancio y
Cosmas Indicopleustes como ejemplos de lo que habría sido la postura oficial en
el Medievo. En su obra History of the
Inductive Sciences (1837) mostraba con ellos la oposición de la Iglesia al
progreso científico.
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John William Draper Fotografía de Edward
Bierstadt, ca. 1879 |
Por supuesto, Draper, historiador y científico estadounidense, culpó a la Iglesia de la existencia de un conflicto histórico entre ciencia y religión, exponiendo que ceñirse a las Sagradas Escrituras había impedido el avance intelectual y científico. Su obra The History of the Conflict between Religion and Science, publicada en 1874, fue ampliamente difundida, pero en realidad, la obra de Draper es un verdadero discurso anticlerical y anticatólico.
También
el estadounidense White presentó a
Lactancio y a Cosmas en su A History of
the Warfare of Science with Theology in
Christendom (1896) como los representantes del terraplanismo en la Edad
Media.
Lo
cierto es que a finales del siglo XIX, la idea de una errónea cosmovisión medieval
se había propagado y se siguió transmitiendo como si fuera una verdad histórica.
CONCLUSIONES
1- El
legado clásico pasó a la Edad Media y la noción de la esfericidad terrestre
se siguió transmitiendo. No hubo un vacío intelectual entre la Antigüedad clásica y el Renacimiento. El pensamiento cristiano heredó y mantuvo la idea de la
redondez de la Tierra y en los principales centros
culturales del mundo islámico se traducían al árabe los antiguos textos griegos.
Mientras tanto, en el mundo cristiano, las concepciones erróneas de algunos religiosos
fueron casos aislados y más próximos a la interpretación literal de las
Sagradas Escrituras, pero la Iglesia no enseñaba que la Tierra fuese plana.
2- Los marineros no tenían miedo de caer por ningún abismo.
Sabían que la superficie de la Tierra era curva porque desde los barcos veían
surgir las montañas cuando se acercaban a ellas y porque lo primero que veían
de otros navíos que se aproximaban era el extremo más alto del mástil. Como
atestigua el diario de Colón, lo que temían los marinos era que, puesto que el
viaje estaba siendo más largo de lo que les había dicho, no pudieran hacer el
viaje de vuelta si el viento seguía soplando hacia el Oeste.
3- La Iglesia no entorpeció el avance cultural y científico.
Al contrario. Fomentó la cultura y la investigación. Su interés en la filosofía
natural (ciencias naturales) provenía de su interés por entender la obra de
Dios. La filosofía natural se convirtió en un importante complemento al
servicio de la teología para entender la creación divina y esto espoleó los
estudios científicos. Muchos historiadores de la ciencia actuales consideran que los franciscanos a la cabeza de las escuelas de Oxford, París y Bolonia
fueron los precursores de la ciencia experimental moderna y que el desarrollo de la “revolución científica” se
basó en las contribuciones de los eruditos altomedievales.
Los
decimonónicos elevaron a Lactancio y
a Cosmas como representantes de la
cosmovisión medieval, generalizando unas ideas que, en realidad, no habían
tenido repercusión. Recordemos, además, que Cosmas Indicopleustes escribió en griego su Topografía Cristiana y
que no fue hasta 1706 cuando este texto se tradujo al latín, por lo que su visión
de la Tierra como tabernáculo no pudo influir en la Edad Media.
La
versión de una discusión entre Colón y los sabios de Salamanca se divulgó ampliamente.
Sin embargo, los informes escritos por Hernando
Colón (hijo de Colón) y Bartolomé de
las Casas muestran que los hombres que se reunieron con el navegante no
sólo sabían sobre la forma de la Tierra, sino que le avisaron de que su circunferencia
era mayor de lo que él creía y de que el viaje le llevaría más tiempo de lo que
pensaba. Ciertamente, Colón, basándose en datos de Ptolomeo, Toscanelli y Pierre
d’Ailly, se equivocó con respecto a la extensión oceánica y la circunferencia
terrestre, pero no tuvo que defender
su esfericidad.
4- La gesta de Colón no demostró que la
Tierra era redonda, sino que había tierras
en esa parte del mundo y que ¡estaban habitadas!
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El globo terráqueo de Martin Behaim Friedrich Wanderer Die Stadt Nürnberg als Bewahrerin der Reichskleinodien (detalle) 1895-1901 |
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Globo de Martin Behaim, 1492 (antes del descubrimiento de América) Germanisches Nationalmuseum (Nuremberg) Imagen bajo licencia CC BY-SA 4.0 Fuente: Wikimedia Commons |
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